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El espejismo de la libertad: Injerencismo, Golpes Blandos y la Deuda de la Izquierda

Por: Mtro. Juan Luis Garay

Después de algunos meses alejado de la pluma y el papel por atender asuntos familiares, nuevamente vuelvo a verter mis opiniones respecto a temas de interés sobre todo político, buscando en todo momento que lo escrito sirva a todos para reflexionar, opinar o debatir según sea el caso sobre todo aquello que de alguna u otro forma nos afecta a todos. Sí, a todos, incluidos también aquellos que dicen ser apolíticos o que la política no les gusta.

Históricamente, la narrativa de la geopolítica occidental ha estado dominada por un guion predecible pero altamente eficaz. Bajo el sofisticado paraguas de «exportar la democracia» y «garantizar la libertad», imperios contemporáneos con los Estados Unidos de América a la cabeza han diseñado y ejecutado intervenciones sistemáticas que, en la práctica, no son más que violaciones flagrantes a la soberanía de los pueblos.

Curiosamente, el fervor democratizador de Washington parece activarse con especial agresividad cuando un país decide, de manera autónoma, virar hacia la izquierda o adoptar modelos económicos que priorizan el bienestar social por encima del libre mercado corporativo. Los pretextos de siempre: Del anticomunismo a la seguridad nacional.

La estrategia intervencionista ha sabido mutar sus discursos conforme cambian las épocas. Si en el siglo XX el gran enemigo a vencer era el comunismo, el siglo XXI perfeccionó una retórica basada en dos flagelos globales: el terrorismo y el narcotráfico.

Cuando un gobierno soberano no se alinea a los intereses de las grandes corporaciones transnacionales, Washington no tarda en catalogarlo como una «amenaza a su seguridad nacional». Sin embargo, esta narrativa elude descaradamente una realidad inocultable que es la corresponsabilidad ignorada, es decir, Estados Unidos acusa y sanciona a otras naciones por el tráfico de sustancias, pero omite su absoluta incapacidad o falta de voluntad política para controlar el consumo desenfrenado en el interior de su propio territorio. Y la otra corresponsabilidad es el negocio de la prohibición pues  prefieren exportar la guerra y la militarización a América Latina o Medio Oriente antes que tratar el problema de las adicciones en su sociedad como una crisis de salud pública.

Pero pensar que los Estados Unidos Actúan solos es un error, siempre existe una conexión local, a los que yo llamo los lacayos del neocolonialismo. 

Ningún imperio actúa solo; requiere de complicidades internas. En el México actual, la política injerencista estadounidense ha encontrado un eco natural en los sectores conservadores del país aglutinados en partidos políticos como el PAN y el PRI o en medios de comunicación de alcance nacional. Este fenómeno no es nuevo; es un asunto de estirpe. Así como en el siglo XIX los conservadores cruzaron el Atlántico para buscar a un emperador extranjero, hoy los herederos de esa misma línea ideológica acuden a las agencias y corporaciones del vecino del norte buscando el respaldo que las urnas les han negado.

Actuando como auténticos lacayos de los intereses económicos extranjeros, estos actores locales operan lo que hoy la ciencia política denomina «golpes blandos»: una estrategia de desestabilización que ya no utiliza tanques ni militares, sino la manipulación mediática, la guerra jurídica y la asfixia económica para desgastar a los gobiernos progresistas.

Ante este panorama de asedio internacional y complicidad interna, el gobierno de la Cuarta Transformación y sus partidos aliados enfrentan un reto histórico y urgente. Para frenar los efectos de estos golpes blandos, la resistencia no solo debe ser discursiva hacia el exterior, sino sumamente rigurosa hacia el interior.

El blindaje más efectivo contra el injerencismo es la congruencia ideológica y la legitimidad popular.

Las próximas contiendas electorales representan una aduana crítica. Si el movimiento busca consolidarse y resistir las embestidas de la derecha transnacional, la dirigencia debe ser sumamente meticulosa en la selección de sus perfiles; yo sugiero que pongan énfasis en la:

•          Pureza en la lucha histórica: Es fundamental dar espacio a cuadros formados en las bases, que entiendan las causas de la izquierda y que defiendan la soberanía por convicción, no por conveniencia. Y que le den:

•          Fin al reciclaje político: Se debe poner un alto definitivo al reciclaje de políticos vividores; aquellos camaleones que no solo saltan de un partido a otro sino cambiando de ideologías que es lo más peligroso buscando el poder por el poder mismo. Quienes ven la política como un negocio personal son los eslabones más débiles de la cadena, los más propensos a ser cooptados o a traicionar el proyecto a la primera presión externa.

En conclusión, la soberanía no se negocia; se defiende con instituciones fuertes, con memoria histórica y, sobre todo, con un liderazgo político intachable. Si la izquierda mexicana pretende consolidar su proyecto histórico frente a las presiones del imperialismo, debe empezar por limpiar su propia casa, asegurando que quienes lleven las riendas del país sean dignos herederos de la lucha popular y no mercenarios de la política listos para entregarse al mejor postor.

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